La Brujería vasca del siglo XVII

El Tribunal de la Inquisición, Francisco de Goya

La fama de la Brujería vasca se debe sobre todo a dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, al proceso de las brujas de Zugarramurdi del año 1610, y por otro lado, a los escritos de Pierre de Lancre, juez de tierra del Labourd que realizó una brutal represión simultánea y que además es autor de varias obras sobre supersticiones en las que critica las costumbres de la sociedad vasco-francesa de la época.

Condenados a la hogueraLos números del proceso de Zugarramurdi resultan abrumadores. Trescientos inculpados, de los que fueron condenados más de cincuenta, siendo quemados en la hoguera once, cinco de ellos en efigie al haber muerto antes del Auto de fe. Este proceso marcará un antes y un después respecto a la visión que de la Brujería se tendrá en determinados ámbitos, dando comienzo al inicio de la decadencia de la caza de brujas. Fue objeto de críticas, empezando por la propia de uno de los tres inquisidores que llevó el caso y que siempre votó en contra de las condenas. 

Habría que destacar que desde los primeros casos de Brujería vasca, hasta que desaparece como hecho reseñable, hubo mucho más interés en su persecución por parte de las autoridades locales que de la propia Inquisición. Estas autoridades son las que fomentan el terror, lo que provoca que los pueblos vivan en tensión y se acusen unas familias a otras, dando lugar en ocasiones a conflictos de intereses que poco tenían que ver con las brujas. Tanto era el interés local por el asunto, que hubo ocasiones, en que las autoridades civiles actuaron por su cuenta, haciendo caso omiso del dictamen de la Inquisición, que ya solía actuar con prudencia sobre todo en el Norte y en las tierras forales.

Fuenterrabía en la Edad Moderna

Un ejemplo de proceso de carácter municipal contra Brujería en el Norte de España, en el que podemos observar lo que acabamos de apuntar fue el proceso de Fuenterrabía  de 1611En este caso los “inocentes” alcaldes fueron Sancho de Ubilla y Domingo de Abadía que tomaron declaración a Isabel García, una muchacha de apenas trece años que declaró que hacía un año, yendo a lavar, María de Illarra le había ofrecido unos dineros por acompañarla a comprar, cosa que la niña aceptó, pero en vez de presentarse por la tarde en su casa, lo hizo por la noche, arrancándola de su cama y poniendo en su lugar a otra muchacha para que su madre, que dormía junto a ella, no lo notara. Entonces la llevó hasta el monte Jeziquibel donde había una junta diabólica en la que el Demonio, entronizado con ojos encendidos, tres cuernos y rabo, la hizo renegar de la Virgen y de Cristo. Decía también, que éste hablaba en vascuence y en gascón, y que conoció carnalmente a mujeres, mozas y muchachos.

Lo más grave de esta acusación estaba en los nombres que dio la niña. Además de a María de Illarra de 69 años, acusó de ver allí a tres vecinas francesas de la localidad: Inesa de Gaxen de 45 años, María de Echegaray de 40 y María de Garro de 60. Contó Isabel también que sucedió de manera parecida en los días sucesivos y que incluso escuchó dar misa a Inesa de Gaxen con el Demonio.

Resulta llamativo que muchos de los detalles que cuenta la niña parecen inspirados en la relación de Logroño, sobre el proceso de Zugarramurdi, publicada aquel año. Para desgracia de María Echegaray, otra niña de la localidad, María Alzueta también de 13 años, hizo un testimonio parecido que la inculpaba también. Ante esto, las autoridades intervinieron.

No hubo remedio, Francisco de GoyaEn principio, las cuatro acusadas se negaron en rotundo a confesarse culpables. Pero tras los interrogatorios y el aumento del acoso de la gente, apareciendo más y más testimonios, sólo Inesa se mantendría en su negativa. Ella ya había sido acusada anteriormente en Francia. El resto confesaron todas ser brujas y cada una de ellas contó una historia, a cada cual más insólita, sobre cuántas barbaridades habían cometido.

El proceso fue enviado a Salazar y Frías, uno de los inquisidores que había llevado el caso de Zugarramurdi, intentó desmerecer el asunto y mandó liberar y devolver los bienes requisados a las acusadas. Si bien las acusadas terminaron siendo desterradas.

Lo grave del caso no es la sentencia, que comparada con otras resulta casi insignificante, sino que lo reseñable es cómo el testimonio de unas niñas podía provocar el encarcelamiento de varias mujeres sólo achacándoles cuanto la tradición popular atribuye a brujas y hechiceras, a pesar de incluso la oposición del propio inquisidor.

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